Don Andrés tuvo cuatro hijos que fueron criados en las mejores instituciones del país, y que terminaron graduados de ingenieros azucareros, lo lógico para unos hijos que con el tiempo se convertirían en futuros herederos de un imperio azucarero y como no, del centro comercial más famoso de toda Cuba.
Con los años el burgalés (de Burgos, en España) adquirió su primer ingenio azucarero: el ‘Santa Teresa’, que pronto rebautizó como ‘Gómez Mena’ y que llegó a ser el 16º del país en producción diaria de azúcar con 600.000 arrobas y cerca de 5.000 trabajadores. Luego llegarían otros: el ‘Amistad’, el ‘San Antonio’, el ‘Sofía’ o el ‘Estrada Palma’, con los que Andrés Gómez Mena, y más tarde sus hijos, crearon la Nueva Compañía Azucarera "Gómez Mena". La empresa fue una de las primeras en poseer laboratorios químicos, electrificación y destilería, así como en producir levadura y en sembrar arroz.
Muerto el empresario en 1917, sus hijos -Andrés, Alfonso, José y María Luisa- continuaron con el próspero negocio. Su vida era ya un tranquilo retiro en el cual disfrutaba de la opulencia de su posición, pero un día se propuso morder y engullir, acostumbrado como estaba a conseguir cuánto se propuso en vida, a una mujer que no le pertenecía y se indigestó.
Tic Tac, el relojero ofendido:
La justicia injusta de la pólvora
Aquella historia fue más o menos así:
Había una vez un humilde relojero catalán de nombre Fernando Neugart, cuyo negocio estaba en la esquina de la Manzana de Gómez que da frente del Hotel Plaza. La posición de la pequeña relojería era excelente. El tráfico de la zona era constante y el hombre, viendo la posibilidad de un buen negocio, se propuso traspasarlo a un buen postor, pues sopesaba la idea de retirarse y regresar a España a sus 43 años.
El plan del señor Neugart era sencillo, necesitaba ampliar el contrato de alquiler del local en la Manzana por al menos dos años más. El único inconveniente radicaba en la mala relación que tenía con el dueño del complejo, el señor Andrés Gómez Mena. El señor Neugart sabía que dialogar con el viudo era una misión compleja, así que con esa misión envió a su señora esposa Flora Alonso, y esa fue la peor de sus decisiones.
La pequeña reunión se hizo en la misma Manzana y fue bastante cortés. El señor Andrés Gómez Mena se comprometió en facilitar la prórroga del contrato a su esposo para que este, a su vez, cerrase el negocio de la venta. Sin embargo, a los pocos días, quizás maravillado por la belleza y modales de doña Flora, Andrés se presentó en la vivienda de Bernaza No 31, dónde residía el relojero. La sorpresa de ella fue mayúscula al encontrarlo ante su puerta, un suceso nada habitual, pero aún estupefacta, le dejó pasar.
Una vez dentro, Andrés retomó la charla anterior y le explicó cómo pensaba ayudar a su marido; insistiendo en su interés en ayudarla de alguna manera, pues le parecía una mujer que debía aspirar "a mucho más en la vida". Acto seguido, envalentonado quizás por el tono que había tomado la conversación, el millonario empezó a celebrar su belleza.
Las formas, en un primer momento, no le parecieron ofensivas a doña Flora, de fina educación, pero el hombre, tímido al inicio, tomó carrerilla y pasó a proposiciones más indecentes para la moral de la época y que ruborizaron a Flora. Ofendida, le exigió salir de su casa y le amenazó con gritar. Mena se retiró pero no cejó en el empeño, y dispuso de ayudantes que le siguieron llevando ofertas a una Flora cada vez más mustia.
Algo notó el relojero que lo empujó en averiguar la causa del nerviosismo de su señora esposa. Ya sabemos que a "Radio Bemba la carga el diablo" y el choteo, el arte preferido del cubano, era cuestión de tiempo como veremos más adelante. Ciertos comentarios llegaron a oídos del catalán, luego se sumaron algunas confidencias y, finalmente, la intersección de alguno de los mensajes que el señor Gómez Mena seguía enviándole su esposa, y que nadie supo si llegaron a ser correspondidos.
Embargado por la más honda afrenta, el caballero hispano se dirigió a la residencia de la calle Concordia No 44 - donde vivía el señor Mena con una de sus hijas - y solicitó ver al ultrajante don Juan. Este lo recibió después de hacerle esperar un rato. La charla fue un intercambio de opiniones donde Gómez Mena juraba que todo era un malentendido, mientras se esforzaba por encontrar una solución pacífica al asunto.
En cambio Neugart, sintiendo su honor afectado, se aferraba a una solución más tangible, o sangre mediante, para lavar su honor. El conflicto tomaba destino fatale. Sin acuerdo ni cercanía, las acusaciones de Neugart arrancaron del acaudalado magnate la promesa de visitar su residencia para, en presencia suya, aclarar el asunto con su esposa.
Neugart esperó, esperó y esperó, pero su paciencia de relojero esa vez no entendía de retrasos. Tomó el teléfono y lanzó un furibundo ataque a don Andrés, ahora como acusador, que hizo que este cambiara su discurso y retirara sus disculpas. Alterado Neugart alcanzó a gritar: «Eso no se le hace a un caballero»… La frase quedaría sujeta en la línea, pues ya el magnate cubano había colgado su auricular.
El caso, sin jueces ni jurados posibles, salvo el boca a boca habanero que todo lo sabe y todo lo cuenta, quedó listo para sentencia. Neugart, sintiéndose víctima, juez, jurado y verdugo, compró un par de revólveres y con ellos encima salió a reivindicar su honor. No han quedado claras las pruebas del caso, tampoco servirían de mucho ahora tras lo ocurrido aquel 11 de enero de 1917.
Andrés Gómez Mena se había guardado para sí una denuncia que no había ejecutado aún, pero sí quedó constancia de ella en dependencias policiales. En la misma, aseguraba sentirse acosado por este señor que pretendía sacarle dinero como compensación de un desagravio nunca realizado.
---La finca donde estaba edificado el edificio estaba valorada entonces en un millón de pesos, los que fueron divididos en la testamento en una tercera parte para cada uno, para María Luisa y Alfonso Gómez Mena. Desde entonces, fue la sucesión de Andrés Gómez Mena quien se encargó de continuar las obras, ejecutadas paulatinamente por naves.---
En el propio edificio de la Manzana encontró Neugart al opulento magnate, quien en compañía de unos amigos, admiraba las obras de ampliación que se estaban realizando en el edificio que gestionaría su hijo José Gómez-Mena Vila. Cerciorándose de no fallar sus proyectiles, ni de herir a otras personas, Neugart descargó cinco disparos sobre la anatomía de Gómez Mena. Faltaban pocos minutos para la 7 de la tarde, cuando se certificó la muerte del millonario.
Detenido el asaltante en el propio lugar de los hechos, aquella historia quedó sellada pero no aclarada del todo. La fatalidad del desenlace acabó con la vida de Andrés Gómez Mena nacido en Cadaguas en Burgos, España, y hecho bajo la sombra de su tío Joaquín Mena, uno de los hombres más ricos de Cuba en esa época. Aquello provocó, entre otras cosas, la cancelación de la boda programada para esa misma noche en la Iglesia de la Merced, entre Guillermina García y Manuel Gómez Mena, el sobrino del occiso.
Maldita Hemeroteca / Condensado de Fotos del Habana e Internet.


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